Cerrar el pestillo de la puerta del copiloto quizá sea la manera mas rápida de evitar un asalto, lo cierra el pasajero que se sienta atrás y también el mismo chofer; Miguel taxeaba y olvido ese detalle que da algo de seguridad. Era sábado como tantos, alegre y violento, las paradas para servicio están a la orden, nunca se sabe donde se ira, pero si donde no se debe ir; con las personas es diferente, no sabes de ellos, cualquiera puede ser asaltante, asesino ó la encarnación de la Madre Teresa.
Acababa de dejar una pareja en Metro de San Juan de Lurigancho, eran las 8 y pico de la noche, y Miguel estaba feliz, cantaba todas las canciones que sonaban en la radio, esperaba el cambio del semáforo para regresar al Centro de Lima, distraía sus ojos mirando a las guapas chicas que pasean por ese terrible cruce que es el paradero de la Hacienda, de repente se abre la puerta del copiloto y se sienta a su costado un hombre grueso, con buzo, rodeado de un olor a trago y sudor, con ojos saltados casi desorbitados , tez trigueña y mirándolo fijamente le alcanza un billete de 10 soles diciéndole: “déjame en la Av. Tacna, Ok.?” ; un aire frio le puso la piel de gallina a miguel y sin cavilar bien lo que era este hombre, puso primera y avanzo rumbo a Lima.
Con el dinero en su bolsillo, cogió mas tranquilidad, los carros iban veloces; combis, autos, colectivos, como en una carrera, miguel no dejaba de vigilar a su “cliente” con un ojo y de cuando en cuando lo miraba de pies a cabeza buscando saber “de que iba”, sin saber que pronto prontito lo sabría. A los pocos cientos de metros de pista libre su ebrio pasajero comenzó a atormentarlo, le hablo agresivamente: “¿sabes de donde vengo? : de matar a un huevón, le metí dos balazos en el pecho, mira!” y sacando una pistola de su cinto, le pone el cañón caliente en el brazo a miguel, quien espantado dice: “oye amigo, guarda esa arma, se te puede disparar” , eso genero risas de aquel enfermo, “jajaja ¿te da miedo? ¿tú sabes quien soy yo?” , “no se quien será Ud. Señor? – contesto miguel tratando de no mostrarse asustado. “Soy asesino huevon, y te puedo meter un balazo y no pasa ni mierda” , Miguel ya no pudo disimular su temor y solo se quedo mudo mientras el pasajero “asesino” se presentaba como el sicario mas temido del callao, también que vivía en Loreto y que nadie se mete con él, porque saben de que vive y el infundir miedo en la gente lo hace sentir fuerte y poderoso, miguel estaba aterrado, comenzó a pensar como sacárselo de encima, buscaba un patrullero o ingresar a un grifo, pero la idea de que aquel sujeto le dispare lo frenaba en su idea de huir, había escuchado que hay gente que mata por placer, para sentirse invencible, jamás imagino que tendría a uno de esos en su auto, pero allí estaba, riéndose de él, escupiendo a los demás carros provocadoramente, insultando a quien lo mirara y riéndose del pobre taxista que no sabia como enfrentar una situación así.
A la altura de Caja de agua, miguel diviso un patrullero como a 100 metros, estacionado al costado de la pista, pensó rápido en que quizás esa sea su única oportunidad de quitarse de encima al sujeto, así que diciendo fuertemente: “tengo que orinar!” , volteo bruscamente y se estaciono cerca a la policía, bajándose hizo el ademan de abrirse la bragueta para miccionar, mirando al patrullero prefirió acercarse raudo y alzando la voz dijo: “hay un tipo en mi carro que tiene un arma!” , el policía sentado al volante lo miro con displicencia , echo un ojo a su carro y le pregunto: “¿Cual pasajero?” , miguel con los ojos asustados comprobó que en su taxi ya no había nadie, el colega de copiloto con voz de mando le increpo: “Ud. Sabe que para salir de la avenida tiene que poner su direccional y luces de emergencia si tiene un percance?” ; miguel , confundido y asustado, se quedo parado sin saber que decir, entendió que no le creían nada y que solo se había detenido para orinar. Camino de regreso a su taxi, comprobando que el loco no estaba, la puerta estaba sin cerrar pero junta y los policías no le quitaban la mirada de encima.
Fue agredido psicológicamente por un loco armado, busco auxilio y lo que encontró fue que lejos de ayudarlo, la policía lo amenazo con el bendito Nuevo Reglamente de Transito, tuvo que darles los 10 soles que le dio el loco y evitar asi que le pongan una papeleta; se alejo del patrullero para meterse en su auto no sin antes escuchar el consejo del tombo: “respeta el nuevo reglamento de transito flaco, las multas son caras, camina tranquilo por la sombra”
Si pues, pensó miguel, es mejor estar tranquilo por la sombra, tratando de evitar a los asaltantes , evitar a la policía, evitar chocar en tanto caos vehicular, y así poder llevar el pan a casa dando gracias de regresar sano y salvo.
Tu relato conduce al lector de modo rápido, ameno y hasta coloquial, por una realidad constante que se viene observando en nuestra sociedad.
Nuestras autoridades prefieren ver romper la pita por el lado más debil y hacerse los de la vista gorda frente a un posible acto delincuencial.
A los tombos de tu historia no les hubiera costado nada, cumplir con su función de brindar seguridad a un ciudadano que recurre a ellos por auxilio. Es lamentable que en América Latina este tipo de situaciones se den cotidianamente. Saludo también este relato, porque describe mediante una brusca anécdota lo inseguro que resulta vivir en sociedades como la nuestra.